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martes, 16 de febrero de 2016

LAS TABLAS DE LA LEY



En el pueblo de estas historias llamábamos la ley a la policía. Por la época de mis vivencias solo eran cuatro o cinco uniformados y bastaban para mantener el orden en la población; lo único que alteraba la tranquilidad eran riñas de borrachos los días de mercados con heridos por armas blancas o física botella. El otro delito que ameritaba la presencia de la fuerza pública era el abigeato.
Hoy poco se escucha esta palabra y significa que alguien roba del corral ajeno algún animal, ya se trate de gallinas, pavos, cerdos, ovejas o ganado mayor como vacas o caballos. Casi siempre los abigeos eran campesinos pobres que llevados por la necesidad hurtaban de algún vecino una gallina para echar al sancocho; pero también llegaban de otros lugares ladrones más codiciosos que llegaban en las noches con un camión y subían cuantas reses podían del potrero de un rico del pueblo.
Pero este no es el tema. Son las tablas de la ley, y no me refiero a las que entregó Dios a Moisés en el monte Sinaí, para nada, me refiero a unas tablas de verdad, de madera. Consistían en unos listones de un metro de largo por seis o siete centímetros de ancho, en buena madera, que tenían los policías y cumplían una misión castigadora. Borracho escandaloso o que golpeara a su mujer o, en muchos casos, se resistiera a la detención por parte de los uniformados era llevado a la comisaría, lo ponían en cuatro patas y le aplicaban tantos tablazos según dijera el comandante y dependían del estado de ánimo de este uniformado.

Las tablas de la ley hicieron historia y en la iglesia, cuando el sacerdote, en uno de sus sermones recordaba el pasaje bíblico, todos los feligreses reían por lo bajo con disimulo. Una vez alguien soltó una sonora carcajada y el cura le mandó aplicar el castigo de las tablas.

miércoles, 8 de mayo de 2013

MOISÉS RIOS



La familia Ríos no era del pueblo pero, igual, eran de la misma provincia, de un pueblo cercano con el que nos unían lazos de política, religión y familiares; al fin y al cabo en esta región de la patria los matrimonios entre miembros consanguíneos no es nada raro, por esto, tal vez, hay tanto tarado por todas partes, degeneración genética dije una vez y casi me linchan, me replicaron que eso son castigos de mi Dios por algún pecado mortal de alguno de sus miembros.
En muchas ocasiones tuve que callar lo que pensaba para evitar represalias. En este bendito pueblo las bromas están a la orden del día pero, lo malo es que a nadie le gusta que le hagan bromas. Los chistosos del pueblo viven poniendo apodos criticando, inventando chismes, romances, se burlan de la manera de caminar, de los defectos físicos, de los ancianos, de los niños, en fin, de todo lo divino y lo humano porque hasta del cura y los santos se burlan…. Y, ay de aquel que se atreva a ponerles apodos o hacer la mínima burla.
A aquel que diga algo en su contra le llueven maldiciones del cielo y tierra desde donde menos se espera. Recuerdo que una vez un cura desde el púlpito se refirió a los muchachones del pueblo y los trató de haraganes, sinvergüenzas, malhablados, vagos, atenidos y otras linduras. Pues los tales por cuales una noche embadurnaron todo el frente de la casa cural con mierda de vaca y de cristiano. Nunca nadie se pudo explicar de dónde sacaron tanta porquería. Cuando la autoridad los llamó a interrogatorio negaron con patas y manos, pero pasado el tiempo y cuando ya trasladaron al cura por ofensas contra las familias principales los malditos confesaron su fechoría en medio de risas y carcajadas.
¿Y esto qué tiene que ver con Moisés Ríos? Pues que este pobre hombre era el  Pues que este pobre hombre era el hazmerreír de los desocupados y fue el que prestó la carretilla para cargar la boñiga y los excrementos, es más, el se encargó de transportar la mierda a su destino a cambio de 30 monedas; para colmo de sus males a este pobre hombre los ruines del pueblo le achacaron la culpa de la decoración de la casa del cura y para escarmentar lo metieron en un canasto que sellaron y lo tiraron al río. Para su fortuna el mal llamado río de mi pueblo no tiene agua ni para ahogar un gato, otra de las costumbres graciosas de los sinvergüenzas, matar por ahogo los gatitos recién nacidos.
Y, como el Moisés de la Biblia, algunas almas caritativas fueron hasta el río y sacaron la canasta, desamarraron a Moisés y desde aquel día lo llamaron "salvado de las aguas" igual que el significado del patriarca bíblico.

Edgar Tarazona Angel