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domingo, 10 de junio de 2018

EL BURRO QUE TUMBÓ A LA VIRGEN




Siempre les hablo de mi pueblo, tan pequeño y tan lleno de historias. Sobre todo muchas con trasfondo religioso. Allí hasta los dicho y refranes tienen algo que ver con la religión católica, sobre todo con los evangelios y otros relatos bíblicos. Cuando la huida a Egipto de la sagrada familia la tradición dice que la virgen y el niño cabalgaban en un asno y se supone que era macho, por supuesto san José iba a pie.
Una manera de enseñar la religión era por medio de representaciones o dramatizaciones en vivo que se hacían en las fechas que la Iglesia determinaba para dichas celebraciones. Se escogían entre los habitantes personas de buena familia, los pobretones no eran dignos de representar a los santos, si acaso para soldados romanos o judíos malos. Y ni se diga cuando le tocaba el turno a Barrabas o Gestas el ladrón malo de la crucifixión.
Lo cierto es que todo se hacía con el mayor respeto y fervor. Para una ocasión que quedó marcada en la memoria colectiva de la población se escogió para el papel de María una niña muy hermosa, con altas cualidades morales y de la mejor familia. San José fue un primo mío y Jesús el único bebé de pecho que estaba por esos días disponible, a pesar de que era hijo de una mujer que vendía en la plaza de mercado. El burro no sé de que familia era pero creo que de los Hernández.
Pues La virgen de turno nunca había montada a caballo y menos en burro, ni que decir a horcajadas como era el estilo de esas épocas para las damas. Les comento que la procesión desfilaba por las calles de manera solemne precedida por los acólitos con la cruz y los ciriales, detrás una banda de música y luego la Sagrada Familia. A continuación el sacerdote bajo un palio y el acólito con el incensario que bamboleaba para uno y otro lado llenando el ambiente con ese humo de olor inconfundible. A continuación las señoras de las familias importantes, después sus esposos y luego la chusma, o sea la clase baja.
Para toda ocasión la pólvora no faltaba en forma de cohetes que se elevaban raudos hacia las nubes y estallaban tres o cuatro veces. Pues el burrito era la primera vez que desfilaba y no estaba acostumbrado a nada de esto que lo tenía nervioso y arisco. Alguien lo llevaba de cabestro pero la Virgen insistió en pedirle la rienda. El campesino accedió pero le advirtió que no aflojara la presión. Todo ocurrió en segundos, María recibió la rienda, un volador estalló a baja altura y la banda de  música subió el volumen de la pieza que ejecutaban, el burro paró las orejas, se asustó y arrancó a correr sin freno por donde podía.
Muchos trataron de atajarlo pero dieron con su cuerpo en el suelo, nunca nos explicamos como la Virgen se sostenía con el niño en un brazo y la rienda en la otra  una calle estaba llena con tanta gente que el asno paró un momento, ella entregó el bebé al primero que se lo pidió y el asno  cogió segundo impulso, allí fue cuando en un brinco salió la Virgen por los aires sobre una cerca y aterrizó entre la mierda y el lodo de una porqueriza. Las damas se santiguaban y pedían perdón a Dios por este sacrilegio, las mujeres pobres oraban en silencio, los caballeros sonreían con disimulo colocando sus finos pañuelos sobre la boca y la plebe masculina reía sin disimulo viendo la virgen sin un rasguño pero untada de mierda.
Después de llevar a la chica sana y salva a su casa, al bebé donde su madre y dada por terminada la ceremonia, las personas de alcurnia sacaron conclusiones de este desafortunado suceso: hubo dos culpables, el bebé y el burro. ¿Cómo se les ocurrió darle el sagrado destino de Jesús a un muchachito de clase tan baja? Esto fue castigo de Dios. Y ¿por qué demonios no consiguieron un asno sumiso y manso? Por eso tumbó a la virgen. Y explicaban a los cuatro vientos que en la Biblia no estaba escrito pero en esa época también el burro  tumbó a Nuestra Señora y por eso es un animal maldito. Y allí nació el dicho que “Mas malo que el burro que tumbó a la Virgen”

sábado, 21 de enero de 2017

LA SAMARITANA CARITATIVA



A mi pueblo, el de siempre, el de todas estas historias poco bíblicas, un domingo, día de mercado, se bajó del bus del mediodía una morena de ojos verdes que atrajo la mirada de todos los hombres que la vieron; bastantes para ser sincero porque el paradero de los buses era un sitio concurrido por los viajeros y, los días de mercado siempre se amontonaban bastantes pasajeros esperando su correspondiente carro para viajar.
Por otra parte, el paradero quedaba sobre un costado del parque principal que, al mismo tiempo era plaza de mercado. Me da risa al escribir esto de parque principal si en este  pueblo solo había uno. Alrededor de la plaza se encontraban los almacenes de víveres y expendios de licores y cerveza, de manera que la morena tuvo muchos espectadores, además, para completar el cuadro, la bendita era muy hermosa. Además de sus ojos que hacían brillar su bello rostro tenía un cuerpo espectacular.
Preguntó al primero que se le cruzó donde quedaba la casa de Juancho Fernández, el único costeño que habitaba en el pueblo, por su acento se reconoció que también era oriunda de la costa y claro, cuatro o cinco se ofrecieron a llevarla. Allí se supo que eta chica y Juancho eran primos y llevaban años sin encontrarse. En los dias siguientes la chica se hizo conocer de todo el mundo entablando amistades con hombres y mujeres sin distingos de clase social.
Quiero aclarar que en Colombia a los nativos de Santa Marta se les dice Samarios y como los dos primos venían  de esa ciudad pues eran samarios. Esto vale como aclaración porque en pocos meses la mujer recibió el apelativo de Samaritana, como la mujer de la Biblia que le da agua a Jesús. El asunto es que esta no daba agua sino otra cosa.
Nunca se supo quien fue el primero de obtener los favores de la Samaritana, que por nombre llevaba el de Sonia, lo cierto es que, con muy pocas excepciones, todos los hombres de mi pueblo se acostaron con ella y regaron el cuento de que era el mejor polvo del mundo. A mí no me tocó probar este manjar porque era un niño; pero cuando acabó con los hombres siguió con las mujeres, en una época en que todavía nada de hablar de salir del closet. Y para nada era disimulada, seducía con su andar y su mirada invitaba a tener relaciones. Y en un pueblo donde todo se sabía pronto corrió la bola que algunas mujeres también sucumbieron a sus encantos.
Pero no hay nada que dure cien años y cuando el nuevo cura se enteró de que en su parroquia había una Samaritana caritativa quiso saber el motivo de esa denominación y al enterarse de la verdad la hizo sacar a piedra por las mujeres “decentes”





lunes, 21 de noviembre de 2016

LA PESCA MILAGROSA




Siempre hablo de mi pueblo natal porque allí pasaba de todo, o mejor, lo que ocurría lo relacionaban con algún pasaje bíblico como este de la pesca milagrosa. Ese que narra la inútil labor de Pedro y otros pescadores que pasan el día en el lago sin lograr pescar nada y llega Jesús y les dice que arrojen las redes al agua una vez más y estas salen repletas de peces.
En los días en que el párroco organizaba bazares (para mis lectores de otros países son reuniones sociales con venta de víveres, licores, reinados de belleza y juegos permitidos para recoger dineros para la parroquia. Pues esas señoras piadosas y colaboradoras inventaron una forma de sacarles las monedas a los niños con el juego de “La pesca milagrosa” que consistía en lo siguiente:
En el segundo piso de la casa parroquial se instalaban varias señoras con pequeños obsequios  envueltos en papel de regalo. Abajo estábamos los niños con las monedas en la mano, haciendo una fila bien ordenada por otra señora; entonces, atada de una cuerda bajaba una canasta donde uno depositaba sus moneditas y el canasto subía nuevamente; allí arriba las damas contaban las monedas y según la cantidad enviaban de regreso un regalo.

Yo no era de los niños ricos y siempre mi regalo sorpresa era de los mejores. Para mí, en mis cortos años, eso era milagroso. Ahora, muchos años después, saco la conclusión que el milagro se debía a que mi familia era de las mayores colaboradoras con el cura pero, en esa época, cada vez que se realizaban estas festividades yo era feliz en “La pesca milagrosa” con un yoyo, un carrito o un pito para desesperar a los mayores.
 Edgar Tarazona Angel
Imagen bajada de la red

viernes, 27 de mayo de 2016

EL BOBO SALOMÓN REY


Como tengo muy mala memoria, a veces no recuerdo todo lo que digo, pero si les puedo asegurar, casi que jurar, que todo es la pura verdad. En ese pueblo de siempre, como todo pueblo que se respete, teníamos el bobo del pueblo. Hoy en día este personaje pertenece a una especie en vía de extinción pero en los tiempos de mi infancia, hace  muchiiiiisimos años, pueblo que se respetara tenía su bobo, su loco, en fin, un representante de cada una de las categorías pintorescas de la fauna humana.
Y los mismos desocupados de todas las plazas de los pueblos pequeños que no tienen ocupación conocida; fuera de chismosear todos los días, piropear a las muchachas, saludar muy atentos a las señoras, hurgarse los dientes con un palillo y escupir; lo mejor que saben hacer es poner sobrenombres. No creo que en el pequeño poblado existiera alguien que estuviera a salvo de su mote. Desde el alcalde hasta el más humilde personaje tenían sus nombres y apellidos por la ley y por la iglesia y sus correspondientes alias por cuenta de los sin oficio.
Al pobre bobo (es un decir porque pertenecía a la familia más adinerada) de la familia Rey, le acomodaron Salomón como una ironía contradictoria, porque su nombre verdadero era Luis Alfonso Rey.  Cuando pasaba se quitaban el sombrero para saludar a su mamá (la del bobito), le preguntaban las mismas tonterías de siempre y saludaban al joven muy respetuosamente para después de que estuvieran distantes carcajearse y burlarse de la “bella familia” que contaba en su haber un suicida, un homosexual, una pariente puta y un hijo bobo, que sinvergüenzas.  
El joven casi nunca salía solo pero, cuando se escapaba y pasaba por la plaza central (la única de la aldea) siempre se encontraba con los desocupados que lo saludaban con respeto y le dirigían preguntas muy serias. El pobre adolescente se sentía confundido pero halagado al mismo tiempo por la deferencia que le demostraban y contestaba como lo que era, puras bobadas. Los malditos le daban las gracias, lo encaminaban a su casa y se desternillaban de la risa comentando las respuestas que les había dado. A veces les daba tema por varios días y cuando se les acababan los recuerdos, pensaban acerca de nuevos temas para preguntarle sobre historia, filosofía, arte, deporte, en fin, cuanto se les venía a la calenturienta cabeza.
Al muchacho retardado lo invitaban, con inusitada frecuencia, a sus casas las damas solitarias, en especial las viudas, las separadas y las solteronas calentonas. ¿Para qué?, eso les agudizaba el ingenio a los vagos de mi pueblo. Lo cierto es que las burlas y la preguntadera sobre temas para confundir al bobito terminaron abruptamente un domingo a la salida de la Misa mayor. Ya le habían hecho preguntas malintencionadas sobre temas sexuales que contestaba el tonto con: “No puedo decirles eso, lo prometí”.
Ese día le dijeron con toda la mala intención: “Salomón, no diga nombres para no romper su promesa, señále con el dedo las viejas que le han hecho cositas, jajaja”. El bobo dijo: ¡Ah, bueno, así sí! Y señaló con el dedo tres madres y cinco hermanas de los fastidiosos.

lunes, 7 de marzo de 2016

DAVID Y GOLIAT


David era un muchacho de mi pueblo, está vivo pero ya no es tan muchacho, muy buena persona, comedido, decente en todo sentido y, en una palabra,  un excelente ser humano. De baja estatura y delgado casi al límite, de facciones agradables y un carácter que se hacía querer de todo el mundo.
Como en todas partes, también habitaba en la población un hombrón mal hablado, grosero, patán al límite, busca pleitos y, para colmo de males borracho empedernido. El destino o la mala suerte, hace que estos personajes se junten en la vida real para bien o para mal; para los que escribimos es una suerte que existan porque aportan material para las historias. Mentiría si dijera que este brabucón tenía el nombre de Goliat, el registro de nacimiento decía a la letra que su nombre era Bonifacio Arcángel. Recuerden que en el pueblo de mis vivencias todos teníamos apodos y muchos de estos sobrenombres eran sacados de la Sagrada Biblia.
El tal Bonifacio era apodado Goliat por su tamaño y porque en las peleas siempre era el que salía en primera fila a pelear porque, olvidaba decirlo, tenía una pandilla de sinvergüenzas que andaban para arriba y para abajo por el pueblo de cantina en cantina bebiendo y buscando camorra. Por supuesto, le hacían bromas a los más débiles y entre estos estaba David, el personaje de esta historia: le ponían zancadillas, lo escupían, lo empujaban, le quitaban en el colegio lo que llevara para el recreo y así pasaron los años. Una de sus diversiones era atar al cuello de los perros callejeros unas latas que sonaban cuando el animal corría espantado y los malditos se divertían con el terror del animalito.
David viajó a estudiar a la capital y regresó como maestro de la escuela, mientras, Goliat continuaba su vida de perdulario a costa de sus ancianos padres a quienes maltrataba de palabra y obra sin que nadie ayudara para que la situación cambiara. Algunos de sus compinches se habían casado y sentado cabeza pero aun lo acompañaba un tal Lázaro        que lo seguía como un perrito fiel. El matón dedicó mucho tiempo en amargarle la vida al pobre maestro que, un día no soportó más y lo desafió a pelear en el campo de los deportes.
La risa del gigantón se escucho por todo el pueblo y en la tienda donde se sentó a beber licor mientras contaba con pelos y señales como iba a despanzurrar al enano David que no le llegaba ni al hombro. A las cuatro de la tarde se presentaron ambos en el sitio convenido que estaba repleto de gente, pienso que todo el pueblo y sus alrededores asistían para presenciar la masacre. Goliat hizo tronar las coyunturas de sus dedos mientras soltaba una risa malévola, miraba de medio lado caminando como pavo real a David. Este  se desabotonó la chaqueta, extrajo una pistola de 9mm y le descerrajó un tiro en la frente al gigante…
Caminó despacio rumbo a la puerta en medio de un silencio de tumba sin que nadie tratara de detenerlo y desapareció para siempre. A sus espaldas se sintió un suspiro de alivio.

martes, 16 de febrero de 2016

LAS TABLAS DE LA LEY



En el pueblo de estas historias llamábamos la ley a la policía. Por la época de mis vivencias solo eran cuatro o cinco uniformados y bastaban para mantener el orden en la población; lo único que alteraba la tranquilidad eran riñas de borrachos los días de mercados con heridos por armas blancas o física botella. El otro delito que ameritaba la presencia de la fuerza pública era el abigeato.
Hoy poco se escucha esta palabra y significa que alguien roba del corral ajeno algún animal, ya se trate de gallinas, pavos, cerdos, ovejas o ganado mayor como vacas o caballos. Casi siempre los abigeos eran campesinos pobres que llevados por la necesidad hurtaban de algún vecino una gallina para echar al sancocho; pero también llegaban de otros lugares ladrones más codiciosos que llegaban en las noches con un camión y subían cuantas reses podían del potrero de un rico del pueblo.
Pero este no es el tema. Son las tablas de la ley, y no me refiero a las que entregó Dios a Moisés en el monte Sinaí, para nada, me refiero a unas tablas de verdad, de madera. Consistían en unos listones de un metro de largo por seis o siete centímetros de ancho, en buena madera, que tenían los policías y cumplían una misión castigadora. Borracho escandaloso o que golpeara a su mujer o, en muchos casos, se resistiera a la detención por parte de los uniformados era llevado a la comisaría, lo ponían en cuatro patas y le aplicaban tantos tablazos según dijera el comandante y dependían del estado de ánimo de este uniformado.

Las tablas de la ley hicieron historia y en la iglesia, cuando el sacerdote, en uno de sus sermones recordaba el pasaje bíblico, todos los feligreses reían por lo bajo con disimulo. Una vez alguien soltó una sonora carcajada y el cura le mandó aplicar el castigo de las tablas.

miércoles, 21 de octubre de 2015

JUAN BAUSTISTA SANTIFICADOR DE APODOS


Uno de tantos personajes de mi pueblo fue un señor de apellido Bautista del cual nadie recordó su nombre después de que pasó lo que pasó y es parte de la historia de esa aldea. Llegó como vendedor de ungüentos, medicinas y pócimas para curar desde la pecueca hasta el cáncer más arraigado, según pregonaba los días de mercado en el centro de la plaza. Dos días de la semana arribaba  y como llegaba marchaba para el siguiente pueblo donde hubiera ferias y fiestas o fuera día de mercado; hasta simpático era el hombre y ganaba amigos en todas partes con su verbo prodigioso de vendedor de específicos y formulas mágicas, para atraer la buena suerte y atar por siempre al ser amado, parecía que se las sabia todas.
Cuando hizo muchos amigos en las tiendas donde ofrecía su mercancía y sus servicios, empezó a beber como todos los caballeros porque ese fue y sigue siendo el deporte preferido de mi poblado, hasta perder la razón. Cuando se supo que su apellido era Bautista le acomodaron el Juan por delante y así quedó para siempre: JUAN EL BAUTISTA. Como el tipo era adicto a las bromas, los chistes, coplas chascarrillos y otras manifestaciones del humor popular, se destapo primero con adivinanzas picantes, chistes de doble sentido y coplas contra todo lo divino y lo humano. A medida que aumentaba la confianza comenzó a buscar apodos para todos los señores y señoras del pueblo, comenzando por sus amigotes y siguiendo por derecha contra todo lo que se movía en dos patas.
Quiero aclarar lo de dos patas; en mi pueblo los gallos son una de las distracciones y los criadores ponen nombres a sus animales, asi que “Espuelita”, “Cantaclaro”, “Vengador”, “Sangrebrava” y muchos otros fueron bautizados por Bautista que aun no era nombrado Juan. Con la confianza que le brindaban durante las horas de bebida empezó a bautizar sus amigotes como “Mangamiada” porque siempre se salpicaba cuando iba a orinar, “Culichupao” por su escasez de nalgas, “Matasuegras” porque era viudo dos veces, “Polvotriste” porque se le salían las lagrimas cuando tenía sexo… y así con todos los contertulios de sus juergas nocturnas. Y ahí si llegó el momento de apodarlo Juan el Bautista.
El bendito Bautista tomó su apodo en serio y cada vez que acomodaba un sobrenombre a una víctima del pueblo se paraba ceremonioso y decía: “Fulano de tal, yo te bautizo “Muertoparao” en el nombre del padre, de los hijos y de todos los sinvergüenzas aquí presentes, amen” echaba una bendición sacrílega al aire y todos soltaban la carcajada. Fue tanta la algarabía por los bautismos que sus alias se hicieron comunes y ya nadie se llamaba como lo puso el cura en la iglesia sino como lo bautizó Juan el Bautista en una taberna… pero todo tiene un final.
El comienzo del fin llegó cuando el hombre empezó a bautizar a las autoridades civiles y eclesiásticas a sus espaldas, como puede suponerse, y los pobladores a llamarlos por el apodo y cuchichear cuando transitaban por las calles. “Panceburra” era el alcalde por su abdomen prominente; “Mamasanta” la madre superiora de las monjas, “Culoetonta” el comandante de la policía, “Asaltacunas”el juez municipal por su gusto por las muchachitas y así con los del consejo, el rector del colegio y demás personajes destacados del pequeño poblado: “Pedoloco”, “Mocochirle”, “Manoerrana”, “Sabandija” y cuanto bicho o parecido encontraba lo acomodaba a alguien.
Todo era bajo control hasta que empezaron a filtrarse los apodos a los que inocentemente los llevaban con su desconocimiento. Y ahí no paro la cosa porque, llevado del éxito y las risas que lo proclamaban Bautista de los apodos, se metió con las damas, lo más sagrado de la comunidad. Y no era en si el sobrenombre sino el significado que tenía y que llegó a oídos de las víctimas por la vía de la chismosa del pueblo. Uno de los borrachines estaba casado con ella y muerto de la risa le contaba de los nuevos apodos que causaban hilaridad en ella de la misma manera. Pero cuando se metió con sus amigas y conocidas… ah, y con ella misma, eso fue el mierdero como dijeron después sus amigotes y es que no era para menos.
Mientras no hubo traducción de significados el problema no estalló pero cuando se supo que “Carpaecirco” quería decir que la clavaban en cualquier potrero, “Vasodeagua” no se le niega a nadie, “Cajeroautomatico” abierto las 24 horas, “La ninfómana” que no se saciaba con nada, “Monedita” que pasa de mano en mano, “Billetico” que todos la manosean y así con muchas otras. Por fortuna alguien le avisó antes de que esposos, padres, hermanos y novios llegaran a lincharlo para premiarlo por su buen sentido del humor.
Uno de sus amigos lo llevó hasta un pueblo cercano donde subió a un bus rumbo a la capital y nunca jamás se volvió a saber de Juan el Bautista. Lo recordamos porque sus apodos perduran y algunos han trascendido a otras poblaciones y algunas mujeres deben su separación a que sus cónyuges investigaran su apodo que resultó ser reflejo de la realidad.




miércoles, 8 de mayo de 2013

MOISÉS RIOS



La familia Ríos no era del pueblo pero, igual, eran de la misma provincia, de un pueblo cercano con el que nos unían lazos de política, religión y familiares; al fin y al cabo en esta región de la patria los matrimonios entre miembros consanguíneos no es nada raro, por esto, tal vez, hay tanto tarado por todas partes, degeneración genética dije una vez y casi me linchan, me replicaron que eso son castigos de mi Dios por algún pecado mortal de alguno de sus miembros.
En muchas ocasiones tuve que callar lo que pensaba para evitar represalias. En este bendito pueblo las bromas están a la orden del día pero, lo malo es que a nadie le gusta que le hagan bromas. Los chistosos del pueblo viven poniendo apodos criticando, inventando chismes, romances, se burlan de la manera de caminar, de los defectos físicos, de los ancianos, de los niños, en fin, de todo lo divino y lo humano porque hasta del cura y los santos se burlan…. Y, ay de aquel que se atreva a ponerles apodos o hacer la mínima burla.
A aquel que diga algo en su contra le llueven maldiciones del cielo y tierra desde donde menos se espera. Recuerdo que una vez un cura desde el púlpito se refirió a los muchachones del pueblo y los trató de haraganes, sinvergüenzas, malhablados, vagos, atenidos y otras linduras. Pues los tales por cuales una noche embadurnaron todo el frente de la casa cural con mierda de vaca y de cristiano. Nunca nadie se pudo explicar de dónde sacaron tanta porquería. Cuando la autoridad los llamó a interrogatorio negaron con patas y manos, pero pasado el tiempo y cuando ya trasladaron al cura por ofensas contra las familias principales los malditos confesaron su fechoría en medio de risas y carcajadas.
¿Y esto qué tiene que ver con Moisés Ríos? Pues que este pobre hombre era el  Pues que este pobre hombre era el hazmerreír de los desocupados y fue el que prestó la carretilla para cargar la boñiga y los excrementos, es más, el se encargó de transportar la mierda a su destino a cambio de 30 monedas; para colmo de sus males a este pobre hombre los ruines del pueblo le achacaron la culpa de la decoración de la casa del cura y para escarmentar lo metieron en un canasto que sellaron y lo tiraron al río. Para su fortuna el mal llamado río de mi pueblo no tiene agua ni para ahogar un gato, otra de las costumbres graciosas de los sinvergüenzas, matar por ahogo los gatitos recién nacidos.
Y, como el Moisés de la Biblia, algunas almas caritativas fueron hasta el río y sacaron la canasta, desamarraron a Moisés y desde aquel día lo llamaron "salvado de las aguas" igual que el significado del patriarca bíblico.

Edgar Tarazona Angel

martes, 30 de abril de 2013

DANIEL EN EL COSO DE LOS LEONES

DANIEL EN EL COSO DE LOS LEONES




Quiero hacer hincapié en que estas historias están basadas en anécdotas reales ocurridas en el pueblo donde pasé mi infancia; la mayoría de personajes tienen apellidos muy conocidos de la población pero algunos  nombres son ficticios y las situaciones acomodadas a un relato de la Biblia, estas son licencias de un escritor licencioso, si así es correcto decirlo. Además en dicha población los nombres bíblicos abundan.
Daniel, el de esta historia, era de la familia Rey,  y los leones de la misma no son grandes felinos sino varones pertenecientes a la familia que se apellida León. Lo correcto es decir los León, los Rey, cuando se trata de familias, pero vayan ustedes a explicarles esto a los cerebros cerrados de mi poblado; problema que se ganan gratis con explicaciones históricas, religiosas, teológicas  y demás ciencias de los cerebros pertenecientes a los vagos del pueblo, que son casi todos los varones que, a duras penas, cursaron la primaria, pero discuta con ellos y verá la verborrea que se gastan y algunos hasta la hermana de la verborrea o sea la gonorrea y si no son hermanas pues hasta primas hermanas serán, vaya el demonio a saber.
El alcalde de mi pueblo era uno de los León y, uno de sus hermanos menores era el administrador de la plaza de ferias. Para los que no están en el asunto, dicha plaza es el sitio en Colombia donde se comercian animales y en algún rincón se ubica el coso, que es un lugar para encerrar los animales que deambulan por las calles y su dueño no aparece. Daniel era uno de los tontos del pueblo y, como en muchas partes del mundo, se le asimilaba a ese noble equino denominado burro.
En el coso amanecían los domingos y días festivos una variedad de caballos, yeguas, marranos, cabras y burros que los campesinos en alto estado de embriaguez dejaban olvidados por el camino a sus casas. El señor alcalde, en uso de sus atribuciones legales y considerando que Daniel pertenecía a la especie de los burros, apelando a su gran sentido del humor (el del señor burgomaestre, no el del bobo) mandó encerrar en el coso llamado de los leones, por el apellido del mandatario y el administrador, al burro llamado Daniel con el consiguiente escándalo familiar y la hilaridad de los pobladores. Olvidaba decir que al mandatario a sus espaldas lo llamaban el burromaestre. Las conclusiones las conocerán en otro capítulo de estas historias.

El  historiador: Edgar Tarazona Angel