domingo, 29 de mayo de 2016

EL ORIGEN BÍBLICO DE LOS SAPOS


En otro artículo  les conté sobre la borrachera de NOE y sus consecuencias para uno de sus hijos. Antes de continuar quiero explicar el significado de la palabra Sapo en Colombia; aquí se da este nombre al delator, el traídos, el que traiciona la confianza, al metiche, o sea que el que cuenta o riega un chisme es considerado sapo, que fue lo que le ocurrió a Cam, el hijo del patriarca bíblico Noé que se burló de su padre y salió a contar todo lo que hizo durante su borrachera.
Para refrescarles la memoria el asunto es como sigue: el viejo Noé llegó cansado y sediento de trabajar, no se en que pero eso dice la biblia; alguna vez exprimió unas uvas y echó el jugo en una olla de barro y la puso en un rincón, con los días ese jugo se fermentó y cuando el cucho se lo tomó para calmar la sed agarró una borrachera de campeonato, en medio de la rasca se empelotó y se puso a brincar y hacer todas las maromas que hacen los ebrios de todos los tiempos, o sea el oso, y no peleó con el barman ni los amigos porque no existían, tampoco la policía ni las cárceles pero jodió hasta que le agarró el sueño ante la mirada de su hijo Cam. El hijuemadre se toteaba de la risa y le pareció que eso ameritaba ser compartido pero como no existían las cámaras ni grabadoras ni nada de eso se contentó de correr el chisme de viva voz.
Siempre hay mojigatos en el mundo, de manera que sus dos hermanitos de nombres Sem y Jafet, entraron a la alcoba donde roncaba su padre y lo taparon con una manta. Cuando despertó aparecieron los sapos porque los dos jóvenes le contaron con pelos y señales lo que decía su hermano a los cuatro vientos. El pobre viejo, en medio de un guayabo moral y complejo de culpa,  se emberriondó como dicen los santandereanos y lo maldijo.
Según la biblia estas maldiciones si eran efectivas y el pobre Cam cargó con la culpa de por vida y la pasó a sus generaciones, como quien dice, el que la cagaba una vez se jodía con toda su descendencia. No me parece justo pero este es el origen de los sapos humanos, que por una borrachera de su padre jodieron a su hermano por siempre. Si hubieran callado la jeta nada hubiera pasado.


sábado, 28 de mayo de 2016

EL JUDÍO ERRANTE


El judío errante
Al pueblo cualquier día de un año que no recuerdo llegaron los gitanos; una tribu nómada extinguida en Colombia pero que recorrió el territorio en todas direcciones con sus costumbres extrañas y su lengua enrevesada que solo ellos entendían. Los recuerdo porque a uno de niño lo asustaban con ellos diciendo que si no hacía caso se lo regalaban a los gitanos y que estos comían carne de infante. Pero también que a uno se lo llevaban para venderlo en otro pueblo durante las ferias y fiestas.
Regresando en el tiempo y comparando con las personas que frecuento ahora descubro que la mayoría de gitanos eran paisas, por su acento y vestimenta. Los hombres remendaban ollas y recipientes metálicos con soldadura de cobre que aplicaban con un soplete, también usaban estaño (todo esto lo se ahora) y algunas ollas parecían la cara de un adolescente con acné, llenas de granos metálicos. Afilaban cuchillos y vendían burros y caballos. En esto último eran maestros del engaño y no se como hacían para disimular los años y los defectos de esos pobres animales que muchas veces se sostenían en pie por puro milagro.
Las gitanas eran el terror de las mujeres casadas y las novias del poblado. Vestían faldas largas que les arrastraban barriendo el suelo, hechas con telas de colores chillones. Usaban unas pañoletas también multicolores, aretes extravagantes y manos llenas de anillos. Pasaban por todas las tiendas buscando borrachines a quienes leer la suerte en las líneas de la mano, el cigarrillo, el tabaco o echando el naipe. Siempre iban en parejas y mientras una adivinaba la suerte la otra esculcaba al pobre pendejo de turno. Algunas eran jóvenes y bonitas y engatusaban a los varones prometiéndoles su cuerpo a cambio de dinero, hasta donde supe, casi nunca lo cumplían porque sus hombres gitanos eran muy celosos y cobraban estas afrentas con sangre para lavar el honor. Después de unas semanas, no demasiadas, levantaban sus toldas (olvidaba este detalle) y en un camión destartalado salían con rumbo desconocido.
Recuerdo que en Cien años de soledad, José Arcadio hijo, se fue detrás de una muchacha de un circo, ese pasaje me parece similar al de mis gitanos. En este caso fue al contrario, una de las niñas mimadas del pueblo se enamoró de un gitano de ojos negros y soñadores, por el que suspiraban las chicas casaderas y las solteronas del pueblo, y una mañana de madrugada, cuando las mujeres devotas salieron rumbo a la iglesia para la misa de seis de la mañana, descubrieron que el campamento de los gitanos ya no estaba.
Cuando corrió la voz, alguien dijo que la vio subir al camión. Otro afirmó que los gitanos eran demonios y otro menos exagerado afirmó que eran judíos. Con el paso del tiempo los padres dejaron de buscar por todos los pueblos donde acampaban gitanos, porque no era una sola tribu, y tuvieron que consolarse con la noticia que el joven que había robado el corazón de su hija era un judío venido de Israel y se había llevado a la que ahora era su esposa por el rito gitano para su tierra.
Dos décadas más tarde, cuando todo el pueblo había olvidado, apareció una señora muy elegante, con vestimenta parecida a la de las gitanas de antaño, acompañada por dos hermosos jóvenes que recordaban al ladrón de la muchacha y caminaron directamente a la casa de sus padres. La dama entró directamente a la sala y se arrodilló frente a un anciano de cabeza blanca, le besó la mano y le pidió perdón. Cuando el viejo se quedó mirándola, reconoció a su amada hija y le dijo que se levantara y lo abrazara.  Entre lágrimas y risas llamó a su anciana esposa y escucharon su historia que en resumen era así:
“Me enamoré perdidamente de Enoc, que así se llamaba mi esposo, me volé con él para recorrer los caminos de Colombia pero no sabía que él andaba por todo el mundo; conocí muchos países y tuve dos hijos que son estos dos jóvenes que me acompañan, en uno de sus viajes de judío errante, al que no fui por cuidar los niños, mi marido se ahogó en el rio Nilo. Recordé mis orígenes y aquí estoy pidiendo perdón y alojamiento porque no me quedó un miserable peso”
Los ancianos miraron por turnos a su hija y a sus nietos. El perdón ya lo habían otorgado desde el fondo de su corazón pero no sabían cómo explicarle que la casa ya no era de ellos, que estaba convertida en un hogar para ancianos y ellos seguían allí porque era una de las clausulas que dejó escritas su hijo mayor al hacer la venta de la propiedad. Que no podían darle posada y menos comida y que con su bendición, saliera de nuevo como la primera vez a recorrer el mundo. Y para terminar, cuando ella les preguntó por los gitanos, para buscarlos y reintegrarse a una tribu, le dijeron que jamás habían regresado y hasta donde sabían eran especie extinguida.
Edgar Tarazona Angel



viernes, 27 de mayo de 2016

EL BOBO SALOMÓN REY


Como tengo muy mala memoria, a veces no recuerdo todo lo que digo, pero si les puedo asegurar, casi que jurar, que todo es la pura verdad. En ese pueblo de siempre, como todo pueblo que se respete, teníamos el bobo del pueblo. Hoy en día este personaje pertenece a una especie en vía de extinción pero en los tiempos de mi infancia, hace  muchiiiiisimos años, pueblo que se respetara tenía su bobo, su loco, en fin, un representante de cada una de las categorías pintorescas de la fauna humana.
Y los mismos desocupados de todas las plazas de los pueblos pequeños que no tienen ocupación conocida; fuera de chismosear todos los días, piropear a las muchachas, saludar muy atentos a las señoras, hurgarse los dientes con un palillo y escupir; lo mejor que saben hacer es poner sobrenombres. No creo que en el pequeño poblado existiera alguien que estuviera a salvo de su mote. Desde el alcalde hasta el más humilde personaje tenían sus nombres y apellidos por la ley y por la iglesia y sus correspondientes alias por cuenta de los sin oficio.
Al pobre bobo (es un decir porque pertenecía a la familia más adinerada) de la familia Rey, le acomodaron Salomón como una ironía contradictoria, porque su nombre verdadero era Luis Alfonso Rey.  Cuando pasaba se quitaban el sombrero para saludar a su mamá (la del bobito), le preguntaban las mismas tonterías de siempre y saludaban al joven muy respetuosamente para después de que estuvieran distantes carcajearse y burlarse de la “bella familia” que contaba en su haber un suicida, un homosexual, una pariente puta y un hijo bobo, que sinvergüenzas.  
El joven casi nunca salía solo pero, cuando se escapaba y pasaba por la plaza central (la única de la aldea) siempre se encontraba con los desocupados que lo saludaban con respeto y le dirigían preguntas muy serias. El pobre adolescente se sentía confundido pero halagado al mismo tiempo por la deferencia que le demostraban y contestaba como lo que era, puras bobadas. Los malditos le daban las gracias, lo encaminaban a su casa y se desternillaban de la risa comentando las respuestas que les había dado. A veces les daba tema por varios días y cuando se les acababan los recuerdos, pensaban acerca de nuevos temas para preguntarle sobre historia, filosofía, arte, deporte, en fin, cuanto se les venía a la calenturienta cabeza.
Al muchacho retardado lo invitaban, con inusitada frecuencia, a sus casas las damas solitarias, en especial las viudas, las separadas y las solteronas calentonas. ¿Para qué?, eso les agudizaba el ingenio a los vagos de mi pueblo. Lo cierto es que las burlas y la preguntadera sobre temas para confundir al bobito terminaron abruptamente un domingo a la salida de la Misa mayor. Ya le habían hecho preguntas malintencionadas sobre temas sexuales que contestaba el tonto con: “No puedo decirles eso, lo prometí”.
Ese día le dijeron con toda la mala intención: “Salomón, no diga nombres para no romper su promesa, señále con el dedo las viejas que le han hecho cositas, jajaja”. El bobo dijo: ¡Ah, bueno, así sí! Y señaló con el dedo tres madres y cinco hermanas de los fastidiosos.

domingo, 20 de marzo de 2016

BARRABAS EL BUENO


BARRABAS EL BUENO
Recuerden que en mi pueblo siempre asocian los acontecimientos relacionándolos con un pasaje de la Sagrada Biblia pero sin ánimo de ofender las creencias de nadie. Es su modo de ver la vida y así ha sido siempre; por lo menos según las noticias que sigo recibiendo, después de una ausencia de muchos años.
Ya les conté en otra historia que en esa aldea reinaba la paz que se interrumpía los días del mercado por peleas de borrachos a quienes se les aplicaban las tablas de la ley pero, también, por los abigeatos de ganado mayor y menor y esta es la razón de la historia poco bíblica de Jesús y Barrabás, dos ladrones de reses  que hurtaron una vaca de don Próspero Hernández y fueron capturados en un pueblo vecino cuando pretendían venderla; bueno, en realidad el ladrón fue Jesús María Rodríguez y en la feria del pueblo donde los atraparon, se había encontrado con Carlos Julio Villalobos, compadres, vecinos y cuñados… ahí terminaba el parecido.

Cuando comparecieron ante el juez Jesús tuvo la entereza de librar de culpa a su cuñado y amigo porque este no había participado del robo. Jesús fue condenado y Carlos Julio puesto en libertad. Como esto sucedió durante la semana santa los burlones del pueblo de inmediato encontraron parecido con el pasaje bíblico y bautizaron de por vida Barrabás a Carlos Julio, que fue preso en libertad mientras Jesús era condenado… que hijuemadres que no dejaban pasar ni una.

jueves, 10 de marzo de 2016

EL GALLO DE SAN PEDRO



El señor Próspero Hernández, uno de los más ricos de mi pueblo era, además de ganadero, un gran aficionado a las riñas de gallos y tenía su propio corral de estos animales, que se entrenan para enfrentarse a muerte en una lucha de igual a igual. Este mal llamado deporte es muy popular en algunas regiones de Colombia y países de centro América y el Caribe.
Los gallos de pelea son de una raza especial de gallináceas y prácticamente no tienen carne que comerles, son puro músculo, fuerza, destreza y coraje para atacar y defenderse. Para evitar que el contrincante pueda agarrarlos de la cresta se les recorta, y por lo mismo se les afeita el pescuezo y los muslos; no es una costumbre que se practica en todas partes pero si en mi pueblo; su alimentación se basa en carne y alimentos ricos en proteínas. Cada día su entrenador los pone a correr y atacar un señuelo fabricado con plumas para que semeje otro gallo.
El día de la riña son llevados en jaulas especiales y se meten en unos compartimentos en espera de la hora de su turno de combatir, como los gladiadores romanos. No quiero extenderme en detalles pero para que sus patadas sean más efectivas, sobre las espuelas naturales se les calzan otras de marfil o de acero, esto con el fin de convertirlas en puñales mortales. La gallera de mi poblado se construyó como las plazas de toros, de forma circular, con graderías alrededor del círculo de muerte que tiene unos cinco metros de diámetro. Un juez de campo se ubica en el centro de la arena con los gallos de turno bajo sus brazos, uno a cada lado; grita el nombre del animal, sus características, record de peleas, nombre del dueño, lugar de procedencia… y comienza la batalla.
Por lo general no hay empate y uno de los animales queda muerto en la arena. La pelea se da entre gritos de los asistentes, groserías de todos los calibres, insultos al contrincante, silbatinas y hasta tiros al aire. Algunas veces no son al aire sino a la humanidad de uno de los asistentes y, otras veces, ni se sabe quien disparó. Las riñas entre los asistentes al espectáculo son frecuentes porque las apuestas se hacen de palabra y alguno niega haber apostado cuando su escogido pierde. Hay gallos que llegan precedidos de gran fama y son los favoritos en las apuestas, sin dinero por medio no hay riñas y el monto depende de la fama de los contrincantes. Muchos galleros han perdido su fortuna, su mujer y hasta la vida por estas apuestas. La literatura lo cuenta mejor que yo y esta es una anécdota.
Me dejé llevar de los recuerdos juveniles, cuando con dos amigos nos colábamos en las galleras y terminábamos roncos de tanto gritar. Parece que le dábamos suerte a algunos galleros y para que respaldáramos a su plumífero nos daban cerveza y trago; don Próspero era uno de estos y nos llamaba a su mesa entre una riña y otra. Olvidaba decir que la finca donde criaba sus gallos recibía el  nombre de San Pedro y el último día que asistimos a una riña con mis amigos, un gallo de don Próspero defendía su invicto de 20 peleas contra el de su rival eterno del pueblo vecino. La mejor pelea se deja para el final, cuando los ánimos están al máximo y la mayoría de asistentes borrachos.

Por cuestiones fisiológicas al hombre le entraron ganas de orinar en medio de la pelea y cuando su galle llevaba las de perder. La gritería era ensordecedora y cada grupo animaba a uno u otro contendiente. En un segundo el gallo saraviado se levanto en el aire y bajó las dos patas sobre el giro de don Próspero clavándole las espuelas en una estocada mortal. Su dueño se desangraba sobre las baldosas del baño, en ese mismo momento, apuñaleado por un desconocido que huyó sin que nadie se diera cuenta y el gallo de San Pedro y su dueño se despidieron de este mundo en la gallera que presenció tantos triunfos. Después se armó una batalla campal entre los galleros de los diferentes municipios y hubo otros tres muertos. Jamás volví a pisar el terreno de estos sitios de sangre y muerte.

lunes, 7 de marzo de 2016

DAVID Y GOLIAT


David era un muchacho de mi pueblo, está vivo pero ya no es tan muchacho, muy buena persona, comedido, decente en todo sentido y, en una palabra,  un excelente ser humano. De baja estatura y delgado casi al límite, de facciones agradables y un carácter que se hacía querer de todo el mundo.
Como en todas partes, también habitaba en la población un hombrón mal hablado, grosero, patán al límite, busca pleitos y, para colmo de males borracho empedernido. El destino o la mala suerte, hace que estos personajes se junten en la vida real para bien o para mal; para los que escribimos es una suerte que existan porque aportan material para las historias. Mentiría si dijera que este brabucón tenía el nombre de Goliat, el registro de nacimiento decía a la letra que su nombre era Bonifacio Arcángel. Recuerden que en el pueblo de mis vivencias todos teníamos apodos y muchos de estos sobrenombres eran sacados de la Sagrada Biblia.
El tal Bonifacio era apodado Goliat por su tamaño y porque en las peleas siempre era el que salía en primera fila a pelear porque, olvidaba decirlo, tenía una pandilla de sinvergüenzas que andaban para arriba y para abajo por el pueblo de cantina en cantina bebiendo y buscando camorra. Por supuesto, le hacían bromas a los más débiles y entre estos estaba David, el personaje de esta historia: le ponían zancadillas, lo escupían, lo empujaban, le quitaban en el colegio lo que llevara para el recreo y así pasaron los años. Una de sus diversiones era atar al cuello de los perros callejeros unas latas que sonaban cuando el animal corría espantado y los malditos se divertían con el terror del animalito.
David viajó a estudiar a la capital y regresó como maestro de la escuela, mientras, Goliat continuaba su vida de perdulario a costa de sus ancianos padres a quienes maltrataba de palabra y obra sin que nadie ayudara para que la situación cambiara. Algunos de sus compinches se habían casado y sentado cabeza pero aun lo acompañaba un tal Lázaro        que lo seguía como un perrito fiel. El matón dedicó mucho tiempo en amargarle la vida al pobre maestro que, un día no soportó más y lo desafió a pelear en el campo de los deportes.
La risa del gigantón se escucho por todo el pueblo y en la tienda donde se sentó a beber licor mientras contaba con pelos y señales como iba a despanzurrar al enano David que no le llegaba ni al hombro. A las cuatro de la tarde se presentaron ambos en el sitio convenido que estaba repleto de gente, pienso que todo el pueblo y sus alrededores asistían para presenciar la masacre. Goliat hizo tronar las coyunturas de sus dedos mientras soltaba una risa malévola, miraba de medio lado caminando como pavo real a David. Este  se desabotonó la chaqueta, extrajo una pistola de 9mm y le descerrajó un tiro en la frente al gigante…
Caminó despacio rumbo a la puerta en medio de un silencio de tumba sin que nadie tratara de detenerlo y desapareció para siempre. A sus espaldas se sintió un suspiro de alivio.

martes, 1 de marzo de 2016

EL HUERTO DE LOS OLIVOS



Esta historia es verdadera pero no ocurrió en mi pueblo de siempre; pero juro que es la pura verdad. En una población bastante retirada de la mía vivía una hermosa pareja de ancianos con muchos hijos, nietos y bisnietos. Con el paso de los años y por diferentes razones cada uno de los miembros de la numerosa familia fue cogiendo camino hasta dejarlos solos en una inmensa casona de esas que ya no existen sino en muy pocos pueblos ya que en las ciudades por el afán de construir terminaron con esos inmensos solares.
Como ambos viejos eran de origen campesino decidieron retornar a sus orígenes y compraron una pequeña finca para pasar los años que les quedaran de vida. Allí iban a visitarlos sus parientes pero no sabían cómo se llamaba la parcela y cada uno daba un nombre que era rechazado por los demás de inmediato; todos deseaban ser los autores de esta creación nominal. Pasó el tiempo y la pareja de ancianos, en un momento de iluminación se dieron cuenta que sus nombres eran adecuados para el bautismo de su propiedad. El se llamaba Oliverio  y ella Oliva.
El día de u otro aniversario de matrimonio de los viejos toda la familia quedó asombrada al ver en la entrada de la finca un hermoso letrero que decía: HUERTO DE LOS OLIVOS.
(Con cariño para la familia Benítez, los herederos de este huerto y de esta historia, en especial Rosita y Angela)